jueves, 19 de agosto de 2010

El Gran Miguel Ángel de la edad de oro


Álvaro Ruiz Cruz

Vivió solo. Odió y fue odiado. Amó y no fue amado. Era indeciso en el arte, en política, en todas sus acciones y en todos sus pensamientos. Perdía dignidad en asuntos de amores. Vió a Italia entregada para siglos a los bárbaros; vió morir la libertad. ¡Morir! ¡No ser ya nada!

Este brillante pintor universal que con sus grandes obras y esculturas llegará a conquistar toda Europa y admirado por todo el mundo. Llamado Miguel Ángel, burgués florentino de palacios sobrios, de torres que surgen como lanzas , de colinas esbeltas y secas, finamente cinceladas sobre el cielo color de violeta, con huesos negros de sus cipreses pequeños y la banda de plata de los olivos que se estremecen como olas; de esa Florencia de aguda elegancia.
Fue de esa ciudad y de ese tiempo con todos sus perjuicios, sus pasiones y su ardor.

Era de estatura mediana, ancho de hombros, musculoso. Deformado su cuerpo por el trabajo, los cabellos eran negros, poco abundantes, desordenados y crespos. Los ojos pequeños, nariz larga recta y con el caballete había sido aplastada por el puñetazo de Torrigiani hacia 1490 perdía toda la dignidad en asuntos de amor. Se humillaba ante picaros como Febo di Poggio trataba de “poderoso genio” a un ser amable, pero mediocre como Tommasco de Cavaliere, no le fue concebido el amor de una mujer de Vittoria Colonna

Con seguridad no era afectuoso para sus compatriotas su genio de anchos pulmones, hecho para el aire libre, despreciaba el arte de cenáculos, el estilo amanerado, el realismo vulgar, el sentimentalismo, la mórbida sutileza.
Lejos de Florencia lo devoraba la nostalgia “Caigo de vez en cuando en una gran melancolía , como sucede a los que están lejos de su hogar” (carta del 19 de agosto de 1497. Roma. ) Toda su vida agotó sus esfuerzos en vano para vivir en Florencia. Estuvo en Florencia en las horas trágicas de la guerra.

Como viejo florentino estaba orgulloso de su sangre y de su raza más que su mismo genio. No permitía que se le considerase como a un artista:
“Yo no soy el escultor Michelagniolo, soy Michelagnio Bounarroti” “nunca he sido, continúa, un pintor ni un escultor que hace comercio del arte. Yo siempre me he guardado de ello por el honor de mi raza.” (Carta a Lionardo, mayo 2- 1548.) “el arte debería ser ejercido por los nobles y no por los plebeyos” su familia tenía de la familia un concepto religioso, antiguo , casi bárbaro; le sacrificaba todo, y quería que los demás hicieran lo mismo. Tuvo todas las supersticiones, todos los fanatismos de esa raza dura y fuerte, que fue la arcilla de que se formó su ser. Pero de esa arcilla surgió el fuego que todo lo purifica: el genio.

“Me agoto trabajando , como ningún hombre lo ha hecho nunca, escribía ; no pienso más que en trabajar día y noche”. Esta necesidad de actividad enfermiza no solo lo hacía acumular las tareas y aceptar más trabajo del que podía ejecutar: degeneraba en manía; quería esculpir en montañas , si tenía construir un monumento, perdía años enteros en las canteras, escogiendo los bloques y construyendo caminos para el transporte; quería ser ingeniero obrero tallador de piedras; quería serlo todo: por si mismo , elevar palacios e iglesias él solo .

No se concedía ni el tiempo necesario para comer ni dormir. A cada instante, en sus cartas, aparece esta repetición lamentable:
“Apenas tengo tiempo para comer… No tengo tiempo ni para comer … desde hace once doce años la fatiga aniquila mi cuerpo, carezco de lo disponible … no tengo ningún centavo, estoy desnudo. Vivo entre penas y miseria… lucho con la miseria”.

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